Tener un hijo con patología dual, una realidad dura, estigmatizada y olvidada: «La primera barrera es la sanitaria»

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03 nov 2025 – 06:54

Merche Borja

Al sufrimiento de convivir con una enfermedad mental y la adicción, se une la incomprensión del sistema sociosanitario y la falta de medios para atenderlos.

Aunque cada vez se habla más de salud mental, todo lo que envuelve a las enfermedades mentales sigue estando rodeado de estigmas y desconocimiento. Pero si, además, a este problema de salud mental, se une una adicción, no solo se convierte en una bomba de relojería capaz de hacer saltar por los aires la propia vida y la de los que te rodean, sino que esos estigmas se multiplican.

La patología dual, la convivencia de una adicción y una enfermedad mental, es más habitual de lo que se piensa, pues se calcula que entre el 60% y el 70% de las personas con adicciones presentan trastornos mentales.

En la mayoría de los casos no se sabe cuál fue primero, si fue una adicción la que desencadenó un problema mental latente, o una enfermedad sin diagnosticar la que llevó a la una conducta autodestructiva como es una adicción. Pero ya sea antes el huevo o la gallina lo cierto es que, cuando hablamos de patología dual hablamos de una dura realidad que se lleva por delante vidas, pero que nadie, salvo las que la sufren, parece darse cuenta.

Algunas de esas vidas son la de ‘Fernando’ -que prefiere que no digamos su nombre real- y la de su hijo ‘Carlos’ -también un nombre ficticio-. Un hijo que adaptaron con una ilusión que se vio truncada a los pocos años.

Cuando llegó a su casa, tras vivir en un centro después de que madre biológica lo abandonara, solo sabían que su madre había sido adicta, pero les aseguraron -y se lo siguen diciendo hoy en día- que lo que pasaría en los años siguientes no tenía nada que ver con aquella adicción.

La patología dual empieza a presentarse en la adolescencia o la primera juventud.

Patología dual, convivir con una enfermedad mental y una adicción: «Es una lucha que dura para siempre»

Los primeros años, como nos cuenta Fernando, fueron felices, “era un niño muy alegre, al que le gustaba mucho bailar, muy dicharachero…”, recuerda.

Sin embargo, antes de entrar en la adolescencia, ya empezaron los primeros problemas, y a los problemas de aprendizaje siguieron los de comportamiento. Enseguida lo pusieron en manos de un psicólogo que le trató varios años y, tras descartar trastornos como el TDAH, les llegó a decir que su hijo tenía rasgos psicóticos. La terapia de poco sirvió, pues su conducta y la situación en casa empeoraba hasta el punto que pidieron ayuda a un centro que trata trastornos de conducta alimentaria y de comportamiento, “nos ofrecieron que viniera un psicólogo-educador a casa, y eso hicimos, pero no valió para nada, porque lo unico que vieron era si lo maltratábamos, y como no era así, no hicieron nada que nos ayudara a reconducir su comportamiento”.

Terminó la ESO ‘de milagro’ y lo expulsaron de dos institutos donde hacía bachillerato. Solo mostraba algo de responsabilidad en un grupo de baile al que acudía de pequeño, pero enseguida empezaron también las conductas adictivas, “alargaba cada vez más los fines de semana, venía en peores condiciones, y la convivencia con él era insoportable, nos amenazaba… tuvimos que llamar a la policía en más de una ocasión”.

Un vez nos llamaron del hospital para decirnos que estaba ingresado porque había intentado suicidarse

Nunca llegaron a denunciarlo, porque suponía poner una orden de alejamiento. Algunos fines de semana se iban a un apartamento que tienen en la costa y él se quedaba, pero muchos tenían que volver porque los vecinos les llamaban porque les hacía la vida imposible, “una de estas veces nos llamaron del hospital para decirnos que estaba ingresado porque había intentado suicidarse. En ese ingreso le hicieron el primer diagnóstico, que fue trastorno límite de la personalidad, pero no detectaron ninguna adicción. De hecho, le mandaron a casa y le pusieron un tratamiento ambulatorio, que es incompatible con el consumo de sustancias”.  

El punto de no retorno

Su comportamiento se descontroló completamente en la pandemia, que coincidió con un tratamiento oncológico de su madre, “todos teníamos mucho cuidado de no traer el virus a casa para protegerla y él no hacía más que salir. Le recriminamos y nos dijo que no tenía ninguna intención de cambiar. Le pagamos una habitación, le llevábamos comida, ropa… y nos llamaron para decirnos que robaba. Volvió a casa, pero la situación era horrible… un fin de semana que estuvimos fuera, le pinchó las ruedas a un vecino y lo amenazó con un cuchillo”.

En 2023 por fin le diagnostican patología dual y recomendaron su ingreso, pero lo expulsan a los dos días por tener una pelea con otra chica que estaba interna, “según salió de allí, el juez le puso una orden de alejamiento del vecino, así que en casa no podía estar”.

Entre el 60% y el 70% de las personas con adicciones presentan trastornos mentales comórbidos.

Patología dual, una llamada a la comprensión y al trabajo conjunto

Ahí empezó una lucha que Fernando continúa hoy, la de que ingresen a su hijo en un centro especializado porque, de lo contrario, estaban condenándolo a vivir en la calle, “hemos buscado algún sitio en el que pudiera estar, y no nos han dado opciones, lo intentamos en nuestro apartamento, pero no podía estar solo, tampoco quería una habitación…. Se dedicaba a robar para costearse la adicción… fue una etapa horrible”.

Incluso buscaron centros privados, e incluso en Proyecto hombre, donde lo rechazaron por tener patología dual.

Debido a delitos acumulados de hurtos, en septiembre de 2024 entró en prisión, donde está desde entonces y se calcula que estará hasta 2028, pero nadie trata sus verdaderos problemas, los causantes de su conducta, que son la enfermedad mental y la adicción. La condena por la agresión al vecino es ingresar dos años en un centro psiquiátrico, pero nunca lo trasladan. En la cárcel, está en un módulo para tratar su adicción, pero no recibe tratamiento psiquiátrico ni psicológico. Aun así, con un profundo pesar Fernando confiesa que lo prefiere en la cárcel a en la calle, “en unos meses empezarán a darles permisos, y no sé qué vamos a hacer con él, porque ya nos lo dejaron en la calle un año y medio sin ninguna alternativa. También ha pedido el reconocimiento de la discapacidad, pero nos han dicho que puede tardar mucho”.

Voy a verlo cada semana y salgo deprimido porque lo veo igual o peor. Soy muy pesimista, porque veo que estamos en una situación de desamparo total y absoluta

En la asociacion, en Fedepadual, ha encontrado un grupo de gente que le entiende, que vive situaciones parecidas a la suya, pero tampoco consiguen ayudarle, “voy a verlo una vez a la semana y salgo deprimido porque lo veo igual o peor, y soy muy pesimista, porque veo que estamos en una situación de desamparo total y absoluta. Si no cambia nada, si no va algún sitio donde de verdad lo ayuden, cuando salga de prisión estaremos en las mismas”.

Fernando insiste en que su hijo, aunque es cierto que ha tenido comportamientos que merecen que esté en la cárcel, no va a curarse solo, porque la patología dual es un tema sanitario y social, no judicial, “y la primera barrera que nos encontramos es la sanitaria”.

‘Carlos’, que ahora mismo tiene 26 años, no es dueño de sus actos, no es capaz de controlar sus impulsos, pero él no quiere estar así, “mi hijo lleva años pidiendo que lo ingresen en algún sitio, porque sabe que está mal y no quiere estar así. Es todo una cuestión de medios, y eso es muy desesperante. Lo que necesitan estas personas son unidades donde se trata conjuntamente la enfermedad mental y la adicción, no una cárcel, de la que va a salir igual o peor”.

FUENTE ORIGINAL: https://www.20minutos.es/capaces/tener-un-hijo-con-patologia-dual-una-realidad-dura-estigmatizada-olvidada-primera-barrera-es-sanitaria_6663528_0.html

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